| 145caorama 13.10.2006 |
| Leer hasta entrada la noche |
Este otoño raro y caluroso, los días se me dividen en dos: hay días bonitos y hay días en los que no leo, es decir, terribles. Hay días en los que por la noche siento que mi cara en el espejo es la cara que he buscado entre las líneas de libros durante todo el día. Pero hay noches, en cambio, en las que mirar al espejo es descubrir a un tipo desencajado y nervioso que ha dedicado su día a aparcar un coche viejo, a correr y a no llegar a ninguna parte, a protestar por un retraso, a competir por un taxi, a maldecir a un político, a excusarme por un olvido. Sólo me consuela saber que no soy yo, que es la ciudad la que no funciona. Medio millón de criaturas se desplazan por una circunvalación sin destino, doscientos mil coches entre el polvo de las obras, niños enlatados durante horas en autobuses escolares y la sensación nítida de que en el aire hay ira, de que respiramos rabia. No soy yo quien se ha equivocado: es la ciudad y sus dirigentes. Hubo años en que tenía tanta fuerza, tanto tiempo y tan pocas responsabilidades que llegué a temer que el porvenir fuera un pasillo anodino en el que cada día fuera a igual a otro. Rogué a mis dioses de entonces que me libraran del sosiego y de la serenidad, y que me enviaran a mis días acción y emociones, amor y desamor. Ahora sé que hay que tener cuidado con lo que se desea, sobre todo porque se consigue. Ahora miro el espejo y ya sé cual es el antepasado que acecha, el anciano que espera. Estoy cansado. No soy mi padre que murió a los ochenta sin haber hecho jamás una cola en el supermercado. Ya no tengo aquellas energías que dediqué al activismo inútil. Ya no soy altruista, ni comprometido. He cumplido otro año y, como dice Cambril, aquí unos cumplimos años y otros legislaturas. Unos padecemos la ciudad y pagamos hipotecas, y otros la planifican con grandes superficies, contra el paisaje y la historia y con seis pisos por cabeza.
Me rindo. Vislumbro con la edad los límites infranqueables, lo que ya nunca haré. Me sé perdido en nimiedades gramaticales y académicas, me sé ajeno a lo que de verdad ocurre. Pero me ha parecido oír el gran rumor de la epopeya andaluza y sólo quiero seguirlo. Es por eso por lo que a mis nuevos dioses, cuyo nombre también ignoro, ya sólo les pido que protejan a mis hijos y que dejen a mis ojos leer hasta entrada la noche. |